jueves, agosto 10, 2006

CUENTOS DE EVA LUNA

INTRODUCCIÓN

Sin ser necesariamente una segunda parte de Eva luna estos cuentos retoman personajes de la exitosa novela para ofrecernos una visión más amplia del universo literario de la autora. Perteneciente a una generación posterior al llamado boom latinoamericano, Isabel Allende se apoya en el llamado realismo mágico y lo mezcla con claras referencias a la situación política e histórica del continente. Aquí desfilan dictadores, hacendados, y mujeres con vocación de amantes –el inevitable aire feminista se respira a lo largo de la lectura- sin embargo, la autora consigue desarrollar los personajes más allá de lo que tradicionalmente se lee en el cuento. Sus elaboradas historias sorprenden por su resolución –consecuente y lógica- con un toque de magia y misterio.

Dos palabras

Belisa Crepusculario es el nombre de la protagonista quien dedica su vida a vender palabras. De naturaleza errante, Belisa recorría extensos caminos para llevar noticias u ofrecer sus servicios a quien los necesitase. Había incluso quienes la esperaban pacientemente y pagaban cinco centavos para escuchar algunos versos de memoria, o nueve para que escriba cartas de enamorados, o doce para aprender insultos novedosos dedicados a enemigos irreconciliables. También sabía cuentos inspirados en sus viajes. Todos sabían quien se había muerto, que boda sucedió recientemente o los pormenores de la guerra civil.

Además, si la tarifa por sus servicios rebasaba los cincuenta centavos, Belisa regalaba una palabra secreta al cliente quien tenía la seguridad de que esa palabra sólo le pertenecía a él y nada más a él.

Había nacido en una zona miserable, un desierto cruel que tomó para sí a cuatro hermanos menores. Consiente de que ella podría ser la siguiente huyo del lugar, un encuentro casual con un periódico cambio su destino. Al enterarse del contenido de aquellas palabras ordenadas, se dio cuenta del poder de las mismas y que se podía comerciar con ellas. Con sus ahorros le pago a un cura para que le enseñara a leer y escribir, se compró un diccionario que leyó por completo y después tiró al mar pues no quería estafar a sus clientes con palabras envasadas.

Cierto día, Belisa vendía argumentos de justicia cuando un grupo de jinetes irrumpió en la plaza. Los hombres obedecían órdenes del Coronel quien a su vez se ocupaba de la guerra civil. Los hombres venían por Belisa por órdenes directas de su jefe. Fue así como Belisa se encontró con el hombre más temido del país.

El Coronel deseaba encontrar a aquella mujer cuya fama había llegado hasta sus oídos para que le ayudara en su propósito de ser presidente de la nación. Cuando Belisa llegó ante él supo que se encontraba frente a un hombre solitario y triste.

El Coronel estaba harto de ser tan temido y quería que Belisa le escribiera un discurso lo suficientemente convincente para poder materializar su sueño y llegar a la presidencia por votación popular y no por la fuerza como hasta entonces acostumbraba. Belisa se puso a trabajar, meticulosamente clasifico y desecho palabras, una vez terminado el trabajo, se dispuso a leerlo varías veces para que el coronel se lo aprendiera pues no sabía leer. Todos quedaron conmovidos por el discurso de Belisa y el coronel se convenció de que servía de verdad. Llegado el momento de hacer cuentas, Belisa le ofreció dos palabras que por derecho al pago merecía. El coronel no se interesaba por aquellas palabras pero, feliz por el resultado se prestó a oírlas. Una atracción insinuada se materializó cuando Belisa se inclinó hacía él y le murmuró sus dos palabras.

Todo el país fue recorrido por el coronel quien repetía una y otra vez el mismo discurso para la gente, y sus dos palabras para sí. Sin embargo, mientras el tiempo pasaba, la salud del coronel se vio extrañamente mermada, se le veía cansado y ajeno a todo. Un asistente del coronel le preguntó el motivo de su desgano y éste le contestó que era obra de aquellas dos palabras. Nada se podía hacer pues aquellas palabras sólo le pertenecían a él, de modo que se mandó traer de nuevo a Belisa para que deshiciera aquel encanto.

Todo mundo se quedó sin habla cuando aquella joven fue presentada de nuevo ante el coronel quien cambió su expresión de furia por una más humana. Belisa le tomó de la mano luego de observarse ambos detenidamente, el hombre más temido del país se dejo llevar, dócil, por aquella joven.

Niña perversa

Una niña de doce años, una cachorra desnutrida de nombre Elena Mejías escondía una incipiente pasión. Su madre –quien mantenía su tiempo ocupada en atender a sus inquilinos- no tenía tiempo de percatarse que su hija se transformaba en un ser diferente. Atrás comenzaba a quedar aquella niña callada y tímida afecta a chuparse el dedo.

Cierto día, llegó un hombre de agradable aspecto de nombre Juan José Bernal quien se hacía llamar sí mismo El Ruiseñor. Desde su llegada, las cosas comenzaron a cambiar en la pensión. La madre de Elena alquilaba sus cuartos a gente de bien, estudiantes, empleados etc. Nada sucedía en su casa sin que ella se diera cuenta gracias precisamente a Elena; la hija, casi imperceptible para los demás, conocía la manera más segura para escabullirse por los pasillos sin ser vista. Cualquier detalle sospechoso era bien sabido por la madre pues Elena la mantenía al tanto de todo. Quién habló por teléfono, quién recibió visitas, etc.

La madre de Elena era todavía joven y ciertamente, se había olvidado de sí misma, su estricto carácter no le permitía ayudar a vagos o malvivientes y gustaba de mantener un estricto control con sus pensionados. Hasta la llegada de El Ruiseñor. Juan José Bernal llegó para romper todos los esquemas de la pensión. La madre de Elena fue seducida por la pretensión del Ruiseñor. Un afiche que lo representaba como a un bohemio y trovador le llamó poderosamente la atención. Elena se sorprendió de sobremanera pues su madre lo aceptó en la pensión sin cubrir ni un requisito de los que exigía. Juan José no cubrió el deposito, exigió dos duchas al día, se dijo vegetariano y, en su calidad de artista, pidió se le respetara su costumbre de dormir de día pues trabajaba de noche. Elena notó un sutil cambio en su madre al notar sus nalgas sudorosas que se transparentaban a través de su delantal. El cambio se hizo más evidente pues la madre comenzó a usar perfume, lápiz labial, nueva ropa interior etc.

Un domingo por la tarde, mientras el bochorno impedía hacer cualquier cosa, El Ruiseñor se apareció en el patio con su guitarra y comenzó a cantar. Todos los huéspedes se juntaron a su alrededor, la hija se acercó a la madre quien amablemente la retiró. Elena pronto se sintió atraída por El Ruiseñor quien, sin tener una maravillosa voz, supo crear un ambiente de fiesta como nunca antes se había dado en la pensión.

La niña entraba poco a poco en la pubertad, pronto se encuentra erotizándose con las ropas del objeto de su deseo. Sabía las horas en que Juan José se ausentaba y aprovechaba su ausencia para recostarse en su cama entregándose a sus sueños y deseos.

Cierto día, Elena se percató de que su madre y Juan José mantenían una relación que iba más allá de lo supuesto por lo que ahora decidió espiar a su progenitora.

Una noche, cuando Elena regresaba del cuarto de Juan José, escuchó ruidos en la habitación de su madre; conocedora de todos los atajos para pasar desapercibida, ingresó al cuarto y descubrió a la pareja retozando entre las sabanas. Elena observó el cuerpo de su madre y la expresión, nunca antes vista, que la adornaba: penso que esa misma expresión podría tenerla ella misma.

Poco después, la madre le habló a su hija de cuestiones menstruales, sin embargo la infanta pensaba que eso no le pasaría a ella. Al poco tiempo sintió malestares hasta que un día salió de sus clases entre mareada y confusa. De camino a casa recordó que su madre se encontraba en el mercado y al juzgar por la hora, era factible que encontrara solo a Juan José. Al llegar a su habitación espero a que su vista se acostumbrara a la oscuridad y le enseñara el cuerpo descansado del joven. Poco a poco se fue acercando a él; con cuidado lo besa y espera una reacción. El Ruiseñor se dejó llevar por los sentidos y sentó al pequeño cuerpo sobre sus rodillas, un instante de duda lo hace reaccionar y al descubrir a la pequeña seductora, la aventó con fuerza mientras le reprochaba: Perversa, niña perversa.

Elena fue internada en una escuela de monjas, su madre se casó con su amante y entre los dos administraban la pensión. A pesar del paso de los años, la imagen de la niña se grabó en la mente y los sentidos de Juan José quien pronto se vio obsesionado con aquel recuerdo. Gustaba de espiar a colegialas y comprar ropa de púberes con las que acariciaba su cuerpo. Al cumplir Elena veintisiete años visitó a su madre y a su padrastro. Para sorpresa de éste último, la joven mujer había olvidado todo de aquella mañana.

Clarisa

Clarisa era una curandera que había nacido cuando aún no existía la luz eléctrica de modo que vivió todos los avances científicos y alcanzó fama de santa luego de su muerte. Su capacidad de curandera asombraba a más de uno y su compasión hacía los pobres notoria, pues se desprendía de todas sus pertenencias al toparse con ellos. Vivía en un caserón ruinoso donde había existido su marido, juez muerto 40 años atrás y de quien los ecos de su voz bien podría seguir escuchando Clarisa. La narradora nos cuenta que Clarisa y el juez tuvieron dos hijos cuyo evidente retraso no menguó su amor por ellos y sí en cambio, fue un factor para que el juez se aislara del mundo y se encerrara en un cuarto para siempre hasta su muerte.

Una noche, un asaltante visitó a la anciana quien, para sorpresa del hampón, no se dejó impresionar y antes aún, le ofreció todo el dinero que le quedaba y té y galletas para la noche. El ladrón y la anciana se hicieron amigos pues éste le platicó las desgracias que en ese momento pasaba y ella lo tranquilizó anotándolo en su lista de protegidos. Durante los siguientes años el ladrón mandó un regalo a su vieja protectora hasta su muerte.

Clarisa tenía todo tipo de amistades, de hecho conocía a gente de cierto poder a los que pedía ayuda para sus protegidos.

Pasado el tiempo –y a pesar de tener ya a su esposo aislado del mundo- Clarisa tuvo todavía otros dos hijos más que nacieron sin ningún problema y que ayudaron a la madre con sus dos primeros vástagos.

Pasados los años, Clarisa se las ingenió para mantener a sus cuatro hijos y además personas que dependían de ella. Ya anciana, se enteró que el Papa visitaba la ciudad, lo cual le inyectó nuevos bríos para ir a verlo en persona pues desconfiaba profundamente de la televisión.

De regreso en casa, Clarisa le avisó a su esposo que estaba por morir a lo que el juez le repitió que no estaba para que lo molesten. Una mujer –la narradora- ayudó a Clarisa a esperar serena la muerte. Fue testigo de las interminables visitas que recibió la anciana –una de ellas el ladrón que convido a cenar- y testigo de la única confesión que hizo: se había negado a cumplir sus deberes conyugales. Fue la confesión que bastaba para que la narradora notara que un señor de alcurnia que venía a despedirse de ella, poseía los mismos gestos y porte que sus dos últimos hijos. Esa noche murió Clarisa.

Boca de sapo

Todo sucede en la región sur y a todo mundo le va mal. Hermelinda, es la mujer que a todos ofrece consuelo. Había escogido este oficio pues le gustaban casi todos los hombres en general y muchos en particular. Nadie salía decepcionado de sus abrazos y caricias. Los obreros y trabajadores la adoraban por su buen humor y buena disposición ya que a menudo, se le veía haciendo caldos de gallina o cosiendo calcetines. Todas las necesidades de aquellos hombres tristes y sin futuro se veían recompensadas por los cuidados y atenciones de Hermelinda quien además, se las ingeniaba para hacer del coito, una especie de juego infantil cuya variedad era capaz de deleitar hasta los gustos más extremos. Uno de esos juegos, conocido como el sapo –especie de rayuela- tenía como premio dos horas efectivas con Hermelinda. Como siempre, toda tranquilidad se ve amenazada con la aparición de un nuevo personaje: Pablo quien para sorpresa de todos, se gano las dos horas con Hermelinda en el juego del sapo. Muchos sospecharon que la anfitriona había ayudado de alguna manera al extranjero pues le había gustado desde un principio. Ante la algarabía y festejo de todos, Pablo y Hermelinda se adentraron en los aposentos de la segunda para salir no en dos horas sino hasta el día siguiente.

Pablo había llegado al sur motivado por los rumores de aquella mujer capaz de hacer feliz a cualquier hombre bajo cualquier circunstancia. Había decidido conocerla bajo cualquier precio y ahora se encontraba con ella. Convencido de que no valía la pena conocer tan estupenda mujer para luego dejarla, planeó la manera de quedarse con ella. Cuando la pareja salió, todos presenciaron como sin decir palabra, pero con una eterna sonrisa en Hermelinda, montaron a caballo y se alejaron de ahí. Varios juegos fueron instalados en el lugar para combatir el tedio de los trabajadores, juegos que nunca fueron usados.

El oro de Tomás Vargas

Tomás Vargas fue un hombre mezquino, avaro, parrandero y mujeriego a más no poder. Su mujer, Antonia Sierra, era de menor edad pero su cuerpo había sido malgastado por numerosos partos y abortos. Todo el pueblo de Agua Santa le temía por violento salvo el dueño del almacén, un árabe de nombre Riad Halabí y la maestra Inés. Antonia Sierra había soportado todas las humillaciones que su marido era capaz de proporcionarle, incluso el tener que recibir a una concubina de nombre Concha Díaz quien llegó al pueblo con la barriga llena de un ser y el corazón destrozado por el seductor. Al principio Antonia se negó a tal descrédito pero con el paso del tiempo llegó a tener compasión por la asustada Concha. Conforme avanzaba el embarazo y el esqueleto de la madre se hacía más evidente, Antonia procuró ayudarla –apoyada en el turco Riad y la maestra Inés- a llevar a buen termino su embarazo. Llegado el día del parto, Tomás se fingió más borracho que de costumbre y así evitar desenterrar el tesoro del que tanto alardeaba. El turco ayudó a Antonia y a Concha por lo que el bebé fue bautizado con su nombre. Pasados unos días, Tomás se dispuso a exigirle a Concha compañía cuando fue interceptado por Antonia quien por primera vez en su vida se opuso a que su marido haga su capricho. Concha secundó la indignación de su protectora por lo que Tomás sintió desventaja y se fue lanzando blasfemias en contra de las mujeres.

Entonces, ante la inminente alianza de su esposa y concubina, Tomás busco un nuevo entretenimiento que encontró en las apuestas.

La miseria en su casa aumentaba conforme Tomás se sentía más osado y con el deseo de ganar fortuna de golpe.

Tomás se enfrentó con un teniente y ganó. Éste le exigió la revancha sólo que la apuesta había aumentado considerablemente. Tomás perdió esta vez. Pálido y sin fuerzas guió a todo el pueblo al lugar donde guardaba su tesoro. No lo encontró. El teniente comenzó a golpear a Tomás pero este fue protegido por el turco alegando que nada se resolvía a golpes. Ni Antonia ni Concha sintieron pena por aquel hombre que regresaba derrotado y miserable. Al poco tiempo se atrevió a salir de casa para no volver jamás puesto que fue muerto a machetazos en el lugar donde debiera de haber encontrado el tesoro. Las mujeres iniciaron un negocio de comida y pronto desaparecieron los sufrimientos.

Si me tocaras el corazón

Amadeo Peralta pertenecía a una familia de ladrones que eran liderados por su propio padre. Sin embargo, con los cambios en el sistema político el patriarca pensó que había que adecuarse a los nuevos tiempos por lo que instó a sus hijos a contraer nupcias con doncellas de probada reputación para limpiar el maltrecho nombre de la familia. Amadeo era un mujeriego empedernido al que no le agradó mucho la idea. Cortejo a una dama quien temiendo quedarse soltera lo aceptó.

Semanas antes de la boda, Amadeo se encontró a una niña tocando el salterio. Fue fácil para él seducirla y abandonarla sin embargo, la niña apareció tiempo después encendida con la fiebre del amor. Amadeo no tuvo escrúpulos y decidió encerrarla mientras pensaba que hacer con ella. Al principio se encontraba en el sótano con ella y luego de satisfacer sus instintos la dejaba de nuevo sola en medio de la oscuridad. Y así pasaron los años. Durante un olvido prolongado cierto día la encontró moribunda por lo que contrató a una india para que limpiara su estancia y esté al pendiente de ella. Amadeo duplicó la herencia de su padre y en poco tiempo fue el cacique más poderoso de la zona. Y así pasó el tiempo.

Las leyendas se multiplicaron, unos niños aseguraron haber encontrado un lugar –propiedad de Amadeo- que sin duda era la puerta del infierno por los extraños ruidos que ahí se oían. La policía llegó al lugar y fue cuando los rumores y leyendas cobraron verosimilitud. Un despojo humano que recordaba a una mujer había vivido encerrada toda su vida por culpa de Amadeo Peralta. La indiferencia se tornó en indignación por lo que todos quisieron ayudar a Hortensia y hundir al déspota cacique. Amadeo terminó en la cárcel. Hortensia fue atendida por una monjas y –luego de acostumbrarse a la luz y a los demás seres humanos- se encaminaba a la cárcel a tocar el salterio a quien rara vez la dejaba sin comer. Pronto Amadeo, ante aquel reclamo persistente, se abandonó en la oscuridad y la desdicha.

Regalo para una novia

Fortunato II heredó el circo que su padre apenas pudo levantar del suelo. Sin embargo el vástago resultó hábil para los negocios; pronto, no sólo lo saco adelante sino que lo modernizó y llevó por extensas regiones con gran éxito.

El empresario se casó con una trapecista quien le dio un hijo: Horacio. Pronto la mujer tuvo deseos de independizarse por lo que no dudó en abandonar a esposo e hijo. Fortunato II volvió a contraer nupcias sólo para verse una vez más, sin mujer a su lado. Horacio creció con la sensación de haber sido dejado por madre y madrastra. Ya en plena madurez, Fortunato II volvió a casarse con una suiza quien no batalló mucho para convencerlo de dejar el circo y adoptar una vida tranquila en los Alpes. El joven Horacio quedó entonces al frente de la empresa.

Horacio había trabajado siempre en el circo, conocía el negocio y pronto amplió la visión del padre y del abuelo. Compro algunas arenas e invirtió en peleas de box y luchas. Aprendió a vivir con lujos y a conseguir siempre lo que quería. Desconfiado por naturaleza, rehuía el matrimonio y tiraba de loco a su abuelo Fortunato cuando éste le reclamaba heredero para la compañía.

Todo cambió el día que Horacio conoció a Patricia Zimmerman. Se encontraba en un restaurante cuando entró, del brazo de su marido, una judía cuarentona que lucía las joyas que su esposo vendía. Se enamoró de golpe y se dispuso a conquistarla a como de lugar. Empezó mandando flores cuya suerte fue invariablemente el bote de basura, después empezó a aparecerse en todo lugar que la fina dama frecuentara: cafés, opera, centros comerciales etc. La Sra. Zimmerman no hallo manera de hacerle entender a ese inconsciente que no siguiera perdiendo más el tiempo y el dinero pues una dama de su altura no se fijaría jamás en él. Pero Horacio no desistía al grado de que cierto día le mandó una costosa joya comprada en las tiendas del marido. La señora tuvo que regresar la joya a los remitentes antes rechazados. Horacio se sintió por primera vez defraudado y aunque rara vez recordaba al abuelo, pidió hablar con él por larga distancia. Luego de escuchar la desventura, el anciano Fortunato le sugirió a su nieto que le ofrezca a la dama en cuestión algo que no tenga. Un buen motivo para reírse. Al día siguiente, una joven llegó a la tienda del señor Zimmerman para devolver la joya que un día antes, había adquirido un tipo de lo más vulgar y petulante. Luego de narrarle una historia aprendida, la joven no solo pudo regresar la joya sino que consiguió una invitación a cenar de parte del dueño de la joyería.

A la siguiente semana, un ruborizado señor Zimmerman le avisó a la señora que marchaba a una subasta de joyas.

Sola y con un interminable dolor de cabeza, Patricia Zimmerman fue arrebatada de todo lo conocido, cuando acudió a investigar un ruido y se encontró con un breve pero intenso espectáculo circense y a Horacio en el centro de todo. La señora se rió y se lanzó en su encuentro.

Tosca

Maurizia Rugieri había aprendido a tocar el piano con su padre y a los diez años ya se encontraba ofreciendo recitales. A pesar de las alabanzas, Maurizia sorprendió a todos al exclamar su deseo de ser cantante. Su padre le contrató un maestro severo que no logró sofocar su deseo. Sin embargo su voz le cambio en la adolescencia de manera poco atractiva por lo que tuvo que cambiar de planes. Se casó de 19 años con Ezio Longo un arquitecto sin titulo que se había propuesto fundar un imperio de cemento y acero. La pareja pronto tuvo un hijo sin embargo Ezio sospechaba que una catástrofe acabaría con su felicidad. Dicha catástrofe no fue otra que un estudiante de medicina que se topó con Maurizia en el camión. Leonardo Gómez iba distraído mientras silbaba un fragmento de Tosca pues admiraba profundamente las artes del Bel Canto.

Pronto, Maurizia y Leonardo vivieron un amor casto representado en Carmen, Aída u alguna otra obra. Ella deseaba consumarlo más no tomaba la iniciativa. Él por su parte, respetaba la condición de esposa de su deseo.

Sus encuentros a bordo del tranvía, bien pudieron haberse eternizado de no ser por que algún ocioso le fue con la noticia a Ezio quien se vio de inmediato sorprendido por la nueva. Pronto, encontró a la feliz pareja y, luego de levantar y tirar en vilo a su rival, se llevó a su esposa para encerrarla y pedirle que entrara en razón. Ezio también le pidió tiempo y comprensión pero al ver resultados infecundos, le dio libertad para volver con su amado a condición de renunciar a ver a su hijo. Maurizia preparo sus cosas y se fue no sin despedirse de su hijo y de su demacrado esposo. Cuando llego al edificio donde vivía Leonardo, se encontró con que se había ido a un pueblo a ejercer su profesión. Se instaló y se dedicó a rastrearlo hasta dar con él. Su aventura la lleva a perder sus pertenencias y recorrer zonas que pusieron a prueba su temple y decisión. Cuando llegó con su amado, -en medio de la selva e instalado en un campamento- fue presentada como la esposa del doctor Gómez. Diez años después, la pareja era conocida como Mario y Tosca y por su dedicación a difundir las artes, en especial la opera, en aquellas recónditas regiones. Sus representaciones eran celebres por apasionadas. Pasaron algunos años más hasta que la muerte sorprendió al doctor. Todo mundo pensó que la viuda sería capaz de realizar algún trágico acto como los que había representado por lo que se turnaron para no dejarla sola.

Maurizia se sobrepuso a la perdida y mantuvo el legado de su amante en el recuerdo del pueblo.

Ese mismo año, la noticia de que se construiría una autopista recorrió el pueblo. Ezio Longo e hijo era el nombre de la empresa, al enterarse de esto, Maurizia se encerró en su cuarto con la esperanza de no encontrarse con su pasado. 28 años hacía de su partida y de no ver a su hijo. El peso de tal hecho termino por vencerla por lo que cogió un paraguas y salió en su encuentro. Los encontró en una taberna. A punto estuvo de acudir a ellos convencida de que el verdadero héroe de su vida fue siempre Ezio y su amor a toda prueba. Un jugueteo entre el padre y el hijo del cual ella se siente excluida, la regresa a las sombras y a su casa.

Walimai

Walimai narra la historia de como sus padres se conocieron. En aquella época había escasez de hembras por lo que el padre tuvo que ir a otros lugares a buscar esposa. Luego de encontrarla bajo un árbol y haberla pagado con trabajo a su futuro suegro, los padres de Walimai se instalaron en algún lugar de la selva. El protagonista recuerda que casi nunca veía el sol salvo cuando un árbol caía dejando un hueco en el cielo. Walimai es soltero y también cazador. Su familia es numerosa pero conserva el orgullo digno de los de su estirpe. Cuenta sobre la llegada de los hombres pálidos y sus razones para aborrecerlos. Cazaban con pólvora, sin destreza ni valor, no se vestían de aire, eran sucios etc. Aquellos hombres querían la tierra y las piedras preciosas. Cada uno de ellos era como un viento de catástrofe. El inevitable enfrentamiento sucedió. Los nativos se internaron por la selva pues habían oído que aquellos blancos eran en extremo vengativos y que por cada baja de su parte, ellos volvían con más armas y hombres y destruían la aldea. Walimai fue hecho prisionero y llevado a trabajar con los caucheros. En ese lugar Walimai conoció a una joven misma que, por las deplorables condiciones en que vivía, murió en sus brazos.

El cazador sintió que el alma de la joven entró en su alma. Luego de acomodar el cuerpo y encender una hoguera, Walimai se alejó del lugar convencido del ritual que tendría que hacer, para que el espíritu de la joven encuentre descanso. Se internó más por el bosque –suponemos que ha dejado la selva atrás- y entonces Walimai entró en contacto con el alma que guardaba en su interior. Walimai y la mujer se platicaron sus vidas, él comenzó su ayuno para ayudar al alma ajena a iniciar su viaje al más allá. Cuenta que en una noche, el alma salió y anduvo por los alrededores pero regreso al no sentirse lista aún. Finalmente el alma partió. Walimai sintió tristeza y se presta a cazar para no regresar con su tribu sin nada.

Ester Lucero

Un doctor que participaba dentro de un grupo revolucionario quedó fascinado por la imagen de una niña de nombre Ester Lucero. Conmovido y convencido de que se dejó engañar de más por los sentidos se prestó a buscarla. Al encontrarla se hizo amigo –y médico- de la chiquilla. Su amistad fue intachable más su conciencia le recriminaba su fijación por una niña ajena a sus sentidos. Ángel Sánchez presenció la lenta pero gradual transformación de Ester Lucero. Ignoraba los comentarios de los vecinos que veían extraño que el director del hospital tuviera interés en charlar con aquella anciana y su nieta pero el completo control que ejercía sobre sí mismo le cuidaron de jamás levantar sospechas de su ardiente y reprimido deseo. Una tarde, el doctor recibió el cuerpo herido de la joven. Desesperado, trata en vano de salvarla y una vez que agotó todos los recursos decidió buscar algunas plantas que un brujo de una tribu le dio luego de salvar, milagrosamente, la vida de un amigo.

El doctor Ángel Sánchez regreso con la enferma y para sorpresa de la abuela y la enfermera en turno, bailó una extraña danza y unto las plantas por el cuerpo, doce horas después, Ester Lucero se divertía con el tío Ángel que volvía a danzar a su alrededor como segunda parte del tratamiento.

Al paso de los años, Ester Lucero se casó y mudó a otra ciudad, de vez en cuando le escribe a su tío quien vio incrementado notoriamente su prestigió. Una expedición se puso a buscar más hierbas medicinales pero sin éxito alguno.

María la boba

Una prostituta llamada María la Boba llevaba su avanzada edad y oficio con dignidad, ni ella misma se imaginaba la leyenda que por sí sola se había forjado.

Había decidido morir. Se pintó los labios y anunció a sus compañeras su inmediato destino. María tomó chocolate en grandes cantidades y cuando todas vieron que ya no despertaba tomaron en serio la sentencia de María. Durante el velorio y con retazos de pláticas de los asistentes, se armó la historia de María.

Hija de emigrantes españoles, María había sido arroyada de niña por un tren que la había dejado en una especie de estado primitivo de inocencia e inutilidad. Pasados los años, los padres arreglaron la boda de su hija con un médico de mayor edad que no se pudo negar de casarse con la hija retarda de sus prestamistas. Aquella niña llegó al lecho matrimonial sin ningún asomo de razonamiento, atención o rencor. María quedó embarazada de aquel viejo que murió poco después de un ataque fulminante. María pasó los años siguientes de luto a pesar de que había olvidado a su esposo. Sin embargo su cuerpo había madurado y al poco tiempo se vio a María observar con atención a los hombres. Sus padres, escandalizados, decidieron mandarla a España en barco junto con su hijo y una sirvienta. Durante el viaje, María perdió a su hijo en un accidente. Aulló de dolor y desconcierto. Cuando salió a la cubierta, fue llamada por un marinero que ayudó a María a notar la diferencia entre un amante anciano y un fuerte y vigoroso. María se entregó a los placeres ajena a toda inmundicia o prejuicio. Disfrutaba descubrir sus posibilidades y no dudo cuando el marinero le propuso huir del barco en un bote. Una vez instalado en un puerto, el marinero no tardó en aburrirse y asustarse por las actitudes de aquella viuda ausente y extraña. La abandonó. María le esperó durante semanas hasta que el deseo de los huesos emergió de nuevo en ella. Salió y pidió consuelo en el primer hombre que encontró. Éste, maravillado por tan ardiente criatura, salió a contárselo al pueblo no sin antes dejarle a María un billete en su lecho. Así nació la fama de María. Los marinos se tatuaban su nombre y recorrían los mares contando sus encuentros. Sus inolvidables encuentros. María partió luego de unos años a la capital. Toda una leyenda se había forjado alrededor de ella. Se instaló de nuevo y se entregó a aquellos hombres que representaban la imagen de María con un amante. Imagen que María disfrutaba. María envejeció más no sus dotes para amar a un hombre. Muchos se iban de ahí desilusionados al encontrarse con una vieja pero los que se quedaban, salían maravillados por ella. María mantuvo siempre la esperanza de volver a encontrarse con su marinero, lo busco en todos y a todos complació como si lo hubiera encontrado. Hasta que, cansada de esperar, recurrió a la jarra de chocolate.

Lo más olvidado del olvido

Dos amantes encerrados se pierden entre ellos, entre los nombres de los compañeros delatados, y la promesa de que el sueño está por terminar.

El Pequeño Heidelberg

El Pequeño Heidelberg es el nombre de un salón de baile donde una pareja se hizo famosa por dos razones: su perfección a la hora de bailar pues ambos sabían de antemano el siguiente pasó a dar de la pareja y, que nunca cruzaron palabra. La niña Eloísa –quien era la parroquiana más antigua del lugar- y el Capitán constituían la sensacional pareja. Cierto sábado, y aprovechando la llegada de unos turistas, el Capitán habló por primera vez y pidió a la niña Eloísa en matrimonio. La anciana aceptó emocionada. Ambos bailaron en el salón que rompió en fiesta. Pero poco a poco, la niña Eloísa se esfumó en los brazos del Capitán, quien seguía bailando pues mantenía viva una ilusión perdida. La Mexicana, otra asidua del lugar, baila con el Capitán para no despertarle del pasado.

La mujer del juez

Un hombre lleva su destino marcado desde su nacimiento. Morirá por causa de una mujer; por ello, Nicolás Vidal evitó siempre relacionarse más allá de lo efímero. Casilda era una mujer frágil, poco llamativa, además de ser la mujer del juez razones de sobra para que Nicolás la descartara como una posibilidad mortal de encuentro. El juez Hidalgo y su esposa llegaron al pueblo y para sorpresa de todos se instalaron en aquel lugar caluroso y de poco atractivo. El juez ablandó su desempeño lo que muchos atribuyeron a su desapercibida esposa e hijos.

Nicolás Vidal fue hijo de una prostituta que no lo deseaba. En vano trato de expulsarlo pero al verlo recién nacido, hecho y derecho y con cuatro tetillas supo que su hijo perdería la vida por una mujer. Aquella predicción pesó en Nicolás el resto de su vida. Tuvo entonces que apartar deseos amorosos hacía las mujeres y en poco tiempo, su fama de bandolero sagaz recorrió los extremos del pueblo.

El juez Hidalgo había tratado en vano de cazarlo, ninguna ayuda era suficiente pues Nicolás conocía a fondo toda la región. El juez arrestó entonces a Juana la triste, la madre de Nicolás y la encerró en la plaza con un jarrón de agua. El juez se había empeñado en atrapar al ladrón a cualquier precio. Al acabarse el agua, la mujer comenzará a gritar de desesperación y su hijo será mi prisionero cuando trate de rescatar a su madre. El juez pensaba de esta forma sin embargo Nicolás pensaba de otra. Al recibir la noticia de que su madre agonizaba por la falta de agua, los hombres de Nicolás se sorprendieron de que su jefe no mostrara prisa alguna por rescatar a su madre. Para Nicolás aquello era una cuestión de honor y demostraría que tenía más cojones que el juez.

La mujer agonizaba y solicitaron que se suspenda el castigo pero el juez se mantuvo irrestricto. Entonces se acudió con doña Casilda quien estaba al tanto de los hechos que tres días a la fecha se venían sucediendo. El juez tuvo que ceder cuando escuchó las protestas de sus hijos unidas a las del pueblo. Nicolás se enorgulleció de su triunfo. Pero a la mañana siguiente, su triunfo tornó en trago amargo al enterarse que su madre se había ahorcado en el burdel donde siempre trabajo. Furibundo, declaro que los días del juez estaban contados. El juez y su familia sin embargo habían partido de vacaciones. Nicolás se enteró del destino y se lanzó en pos de ellos. Durante el camino, el juez Hidalgo murió sorpresivamente. Casilda puso a salvo a sus hijos y se preparó a entretener lo más posible a la banda de Nicolás para asegurarles huida. Sin embargo solo un hombre llegó al encuentro. Luego de que Nicolás comprobara que nada podía hacer ya contra el juez, estudió detenidamente a la mujer que lo retaba con la mirada. Casilda hizo alarde de toda su capacidad de seducción para poder retener al bandolero que de momento olvidaba la existencia de los hijos. Entonces aquel hombre desacostumbrado al trato especial por una mujer, se entregó a ella con la misma intensidad recibida. Cuando a lo lejos se podía percibir que soldados venían con el objetivo de arrestar a Nicolás, Casilda incluso le pidió que huya, más aquel hombre prefirió entregarse de nuevo en sus brazos cumpliendo así la profecía que tanto temió en vida.

Un camino hacia el norte

Jesús Dionisio y su nieta Claveles emprendieron una larga marcha con destino a la capital. En el camino, el viejo escultor de santos recuerda el día que su hijo militar llegó con una bebita argumentando que era su hija y que desconocía el paradero de la madre. Claveles se crío con sus abuelos y aunque poseía carácter indómito, ayudaba a la abuela en las labores del hogar y al abuelo en su producción de santos. Todo cambio desde el día en que fue enterrada la esposa de Jesús Dionisio: Amparo Medina. Ante la irremediable perdida, Jesús comenzó a beber y cambió su trabajo por uno de estilo más sombrío, la casa se fue deteriorando, los animales murieron uno por uno, y al poco tiempo vivían en la extrema pobreza. Claveles se fue a trabajar fuera por un tiempo y regresó esperando un hijo. El abuelo se había sumido en lo más decadente de su existencia. La llegada del hijo de Claveles cambió los aires del entorno. El abuelo dejó la bebida y bautizó a su bisnieto con el nombre de Juan, sin embargo, la eventual actitud extraña del niño los hicieron sospechar. Luego de unos análisis médicos se diagnosticó que el hijo de Claveles era sordo y que por lo tanto será mudo. Jesús Dionisio no se sorprendió y dispuso que ellos mismos educarán a Juan. Juan Picero creció con un estrecho vinculo con su bisabuelo y aprendió a valerse por si mismo a pesar de su defecto, llegado los siete años, le fue negada la entrada a la escuela, lo que provocó en su bisabuelo una indignación completa. El achacoso viejo consoló a su nieta diciéndole que ellos mismos se ocuparán de enseñarle a Juan un oficio en la vida.

Por esas fechas llegaron unos voluntarios de la señora Dermoth cuya labor consistía en ubicar niños enfermos para ofrecerlos en adopción a prósperas familias del norte bajo consentimiento de los familiares del infante. El bisabuelo se negó rotundamente en dar en adopción a Juan. Los voluntarios le insistieron subrayando el factor sordera de Juan pues allá, en el norte, había hospitales que seguramente corregirían el mal. Jesús Dionisio no cambió de opinión. Pasados los días, Claveles se sorprendió varias veces observando los folletos que dejaron.

Claveles se encontró, fuera de la vista de su abuelo, varias veces con los jóvenes voluntarios. En el último encuentro le enseñaron la foto de una agradable pareja interesada en adoptar a Juan y que además le ofrecían doscientos cincuenta dólares en ayuda. Claveles había comparado en varias ocasiones su miserable cuarto con los lujos de los folletos. Y entonces aprovecho la ausencia de Jesús Dionisio para vestir a su hijo con sus mejores ropas y explicarle con señas que todo lo hacia por su bien. El bisabuelo enfureció al oír la noticia y acusó a su nieta de llevar sangre de mala madre que abandona a sus críos. No se volvieron a dirigir la palabra hasta que se escucho por la radio de una banda que engañaba a padres en extrema pobreza a los cuales ofrecían dinero o ayuda para sus hijos y que estaban implicados en el tráfico de órganos. Jesús Dionisio y su nieta Claveles están en la capital para preguntar si su nieta podría ser alguna de sus víctimas.

El huésped de la maestra

La maestra Inés sólo podía confiar en su amigo, el árabe Riad Halabí, en una situación de extrema importancia. Después de todo, su amistad se remontaba varios años y fue el árabe quien ayudó a Inés el día que asesinaron a su único hijo, y fue también el árabe quien le sugirió poner una pensión en su casa. Por eso Riad no dudó ni un momento cuando la maestra Inés le anunció en su tienda que había matado a un huésped. Al acudir a la escena del crimen Inés le confiesa al turco que siempre supo que tarde que temprano volvería a ver al asesino de su hijo. Riad ayudó a Inés a deshacerse del cadáver sin dejar huella del asesinato. La maestra Inés era querida por todos por su indudable apoyo a los desprotegidos. Todos sentían que algo le debían sea la facultad de leer o el recuerdo del estomago llenó en los días que normalmente no había con qué llenarlo. Todos le debían algo y por eso todos podrían ayudar en algo.

Con todo el respeto debido

Una pareja de pillos: -un traficante de armas y whisky falsificado y una fugada de casa con un puñado de diamantes- buscan la manera de hacerse ricos sin trabajar. Domingo Toro y Abigail McGovern viven de hacer trampas a negocios o particulares, su ingenio se agudiza según sus expectativas. Conforme su fraudulento modo de vida aumenta, Abigail considera necesario convencer a los demás de que su riqueza es familiar y que Domingo se cambie de apellido pues nadie se apellida Toro. Sin embargo, Domingo mantenía bajo control a su mujer pues gustaba de desaparecerse cuando ella le insistía en cosas que él consideraba –y está era una de ellas- inútiles. Sus negocios prosperaron pero Abigail seguía insatisfecha, el darse cuenta de que el dinero no implicaba que los aceptaran en sociedad la tomó por sorpresa. La pareja discute por la inconformidad de Abigail quien anuncia que comprará caballos pues sólo la clase más alta tiene acceso a ellos. Domingo se opuso pero, por primera vez, se dejo convencer por su mujer. La idea fue buena y pronto comenzaron a codearse con familias opulentas de criadores. Pero como seguían sin salir en las páginas de sociales Abigail continuaba sintiéndose hueca. Se volvió más ostentosa y estrafalaria. Sus tradicionales fiestas anuales de disfraces se volvieron más y más famosas por su despilfarro. Los estudiantes protestaban a menudo por la actitud de los Toro frente al aumento de la mísera. Una tarde Domingo recibió una llamada anunciándole que Abigail estaba secuestrada. Fue entonces, que el sueño de Abigail se hizo realidad: la noticia del secuestro de la esposa del magnate de los baratillos fue primera plana al día, se leía sobre el constante aumento de la recompensa exigida por un grupo extremista –hasta entonces desconocido- que se adjudicaba el crimen. El drama se mantuvo algunos días hasta que –justo cuando la atención comenzaba a desviarse- aparecieron Abigail sana y salva y Domingo quien no dijo el valor pagado pues su esposa no tenía precio. El rumor de que la suma fue exorbitante dejo pasmados a toda la clase alta de la región. Hubo protestas por parte de los estudiantes que alegaron un autosecuestro que sin duda redituará en impuestos y cosas por el estilo. Nadie les hizo caso pues algunas décadas más tarde, los Domingo-McGovern son de las familias más respetadas del país.

Vida interminable

La inseparable pareja de Ana y Roberto Blaum, mantuvo por 50 años su compañía ininterrumpidamente es decir, jamás se separaron. Cuando se conocieron él era un joven con aspiraciones de médico y ella una violinista llena de candor e inocencia. Fue la música la que los unió. Al llegar la guerra, los Blaum tuvieron que emigrar por sus raíces no arias y llegaron a otro continente a establecerse. Las habilidades del doctor Blaum pronto le dieron notoriedad no sólo por sus extraordinarias capacidades médicas sino por su autentico altruismo al ejercer su oficio. Además, el doctor Blaum es notable por sus ensayos a favor de una muerte digna y necesaria. Algunos lo atacaron de ser partidario de la eutanasia y otros más de racista y enfermo. Lo cierto es que los Blaum envejecieron siendo admirados y queridos por todos.

El narrador del cuento narra la manera de cómo conoce a los Blaum –una emergencia que desde luego es solucionada por el susodicho-, y su creciente amistad con ellos. Como la pareja no tenía hijos, los Blaum trataron al narrador como un hijo por ello acudieron a él cuando el doctor le pidió que le consiguiera un lugar apartado de la prensa y las multitudes pues necesitaba tiempo para escribir otro libro. La fama del doctor había aumentado y sus polémicos libros lo hicieron famoso y solía ser visitado por enfermos, periodistas, colegas, curiosos etc.

Un año dejó el narrador de ver a los Blaum cuando se reencontró con ellos, Ana había muerto apaciblemente ayudado por Roberto quien tenía preparada una inyección para él. Roberto nunca escribió una línea, se dedicó ese año a su mujer quien fue diagnosticada con cáncer terminal. La pareja había pactado su último año, inseparables como siempre fue. Ahora el narrador escucha la suplica de Roberto quien le pide ayuda a buen morir pues él solo, no puede hacerlo.

Un discreto milagro

Gilberto, Filomena y Miguel eran los tres hermanos Boulton descendientes de un comerciante de Liverpool. Gilberto escribía poemas a su edad de más de setenta años, era el único que fue criado en Inglaterra por lo que mantenía manías del supuesto rango. Filomena era viuda y abuela y cuidaba a sus hermanos; uno anglófilo y el más pequeño cura. Miguel no sólo era un sacerdote radical que compartía las desgracias de sus feligreses, también era capaz de protestar contra el régimen militar que se había apropiado del país. Denunciaba torturas y llegó a ser tan conocido que seguramente le ahorró ser desaparecido.

Miguel sufrió un ataque que le dejo ciego repentinamente. Fue llevado a casa de su hermana pero, ante la gravedad del asunto fue llevado aun hospital, el más miserrimo que existía, pues el padre Miguel se negaba a entra a lugares con olores petulantes o de platicas sofisticadas. Al ser atendido, el medico sugirió ser visto por un especialista en el hospital militar o en el del Opus Dei. Miguel se negó a ir a cualquiera de los dos pero fue persuadido por Filomena para ser revisado en el segundo. El oftalmólogo del Opus fue sincero y dijo que sólo un milagro le salvaría la vista al padre. EL padre Miguel enmudeció. Filomena tomó cartas en el asunto y junto con Gilberto y el guardaespaldas de su hermano, se dirigieron donde se le pedían favores a Juana de los Lirios: una mujer cuya fama de milagrosa había trascendido fronteras luego de su muerte. Para Filomena era una santa que algún día reconocerán. Para Miguel que mejor milagro entonces que la caída del dictador. Gilberto se secaba el sudor pensando en las vueltas de la vida.

El padre Miguel fue operado en el hospital del Opus Dei posteriormente. Al regreso a casa de Filomena, Miguel recibió innumerables visitas de afectados, poco después la noticia de que el padre Miguel había recuperado la vista corrió con voz propia. En una fiesta que se organizó más adelante, el Padre Miguel pidió recolectar firmas para pedir la beatificación de Juana de los lirios.

Una venganza

Mucho se especuló que la nueva reina del carnaval: la señorita Dulce Rosa Orellano, si bien resultaba graciosa y bella, había otras concursantes que superaban notablemente a la ganadora y que la razón por la que se hizo merecedora de tal distinción es la fuerza política de su padre el senador Anselmo Orellano. La fama de dicha belleza llegó a oídos incluso del rebelde Tadeo Céspedes quien antes de llegar al poder realizó una expedición punitiva por los terrenos del senador. El senador ordenó encerrar a su hija en la última habitación de su finca y se prestó a defenderla con pistola en mano. Consciente de su derrota, El senador llegó agonizante a la recamara de Dulce Rosa con la intención de matarla. La niña sin embargo, le pide al padre que la deje viva para vengarlo. El senador vio la suficiente determinación en los ojos de la niña que cumplió su deseo. Esa noche Tadeo violó a Dulce Rosa que engendró desde entonces el deseo de la venganza.

Tadeo por su parte regresó a la capital a rendir cuentas de sus actos.

Con la llegada de los nuevos tiempos, fue nombrado alcalde y llegó a cultivar respeto alrededor de su persona. Toda marchaba bien en la vida del alcalde excepto por el recuerdo de aquella tarde en la que embriagado de pólvora y poder destruyó la dignidad de una niña. Cierta noche no pudo más con los recuerdos y se dirigió al lugar de los hechos. Dulce Rosa por su parte se había repuesto del ultraje y volvió a levantar la finca. Su belleza aumento y tuvo incluso algunas propuestas de matrimonio. La noche en que Tadeo se presentó en sus terrenos la produjo una enorme satisfacción pues día y noche lo llamaba con el pensamiento. Nuevamente solos y juntos. Tadeo le confeso haber estado todo este tiempo arrepentido y enamorado de ella. Dulce Rosa por su parte no encontró los viejos odios y se topó con una imagen muy distinta del agresor. Ambos se reencontraron y pronto anunciaron su boda. Dulce Rosa se descubrió enamorada del hombre que más odiaba pero aún así el recuerdo de su padre asesinado no la dejaba en paz. Todo estaba listo para el festejo salvo por la novia que no apareció. Tadeo la encontró aislada en un cuarto, rodeada de sangre como la primera vez que la vio.

Cartas de amor traicionado

Analía Torres quedó huérfana. Su tío Eugenio pasó a ser su tutor y administrador de las tierras que había heredado. Analía ingresó a muy temprana edad al Colegio de las Hermanas del Sagrado Corazón. Ahí recibía de cuando en cuando, breves notas de parte de su tío sin embargo, en el fondo sospechaba qué éste codiciaba sus tierras. Al cumplir 16 años, Analía conoció a su tío Eugenio quien la visitó por primera vez. El encuentro fue áspero pues la joven irritaba al tío con extrañas provocaciones. Al platicar el tío con la madre superiora, cae en cuenta de que nunca le mandó regalos en Navidad y jamás preguntó por ella.

Al poco tiempo, el tío regresó al convento para anunciarle a la madre que ahora será su hijo Luis quien se escribirá con su sobrina.

Analía comenzó a recibir cartas de su primo, al principio no las abría pensando que era otro ardid más del tío. Pero poco después, las leyó y eventualmente, una vez reconocida en él, las respondió. Analía se grabó la caligrafía y buen gusto de su primo, empezó a sentir emociones ajenas hasta ese entonces, que intentó reprimir imaginando que su primo era en extremo desagradable. No funcionó y en poco tiempo, se escribían usando un sistema de códigos que ocultaba un amor latente y confeso. El día que Analía conoció en persona a Luis se decepcionó pues era mas bien guapo y atractivo. El cortejo fue breve y la boda próxima. Analía continuó desencantándose de su príncipe azul y se convenció de que ella misma se enamoró de una ilusión. Al año nació su hijo, los esposos eran tan ajenos para entonces que sólo el niño notaba el tamaño de sus frustraciones. Llegado el momento de inscribirlo en la escuela, Analía se impuso sobre Luis para inscribirlo en una escuela de la zona. Justo comenzaba el niño a traer buenas calificaciones cuando un accidente cobró la vida de Luis Torres. Analía había reparado algo extraño en una nota de felicitación del maestro de su hijo cuando ocurrió la desgracia. Sin embargo, suspiro por el alivio de significarse viuda y tomó entonces las riendas de su vida. Agradeció a su tío Eugenio tantos años de dedicarse a sus tierras pero ahora le resultaba prescindible, cambió de personal y una vez que pusiera al día los documentos del negocio fue con rumbo a la escuela de su hijo. Le pidió que le enseñará a su maestro y llegó presentándose.

El maestro agradeció los dulces que anteriormente había mandado pero Analía lo sorprendió con una caja llena de cartas. El maestro palideció y le preguntó cómo lo pudo haber averiguado. Ella reconoció la misma caligrafía de las cartas en las notas escritas a su hijo. Él no la quiso engañar, fue un favor que le hizo a su amigo Luis Torres, que en paz descanse, y nada pudo hacer cuando empezó a tener respuestas. El perdón dependerá de usted le dice Analía al maestro.

El palacio imaginado

Un país latinoamericano llenó de selva y tradición, de pobreza y riqueza. En un lugar de la región conocido como San Jacinto, manda un caudillo autoproclamado El Benefactor, hombre inspirado para las intrigas pero desconfiado por naturaleza, especialmente de las mujeres. Si bien en la capital había indicios de modernidad, el resto del país, vivía sumido en la miseria y la ignorancia, los antiguos habitantes de la zona, habían desaparecido por vocación y por miedo ante la llegada de los conquistadores. El ferrocarril era un síntoma irrefutable de progreso y unía los cuarteles con el palacio de verano del Benefactor que fue contruído luego de que un explorador belga había señalado cierto lugar como el más bellos y completo del planeta.

La esposa de un recién nombrado embajador, vino entonces, a mover los andamios más sólidos del poder. El Benefactor se quedó impresionado de la señora Marcia Lieberman; su belleza y gracia no podían compararse con ninguna de las mujeres con las cuales había compartido, escasas horas, de su vida. Luego de concerla en una cena más de protocolo, no halló reposo ni tranquilidad. Una noche se presentó en casa de la señora y, a pesar de su avanzada edad, la invitó formalmente a irse con él. Marcia Lieberman tuvo razones para aceptar la invitación: su matrimonio no funcionaba y se sintió conmovida por la soledad del viejo. De espíritu libre, quedó fascinada por la inmensa naturaleza que tenía frente a ella, el Benefactor por su parte, y luego de hacer correr al esposo diplomático, tuvo un tardío pero intenso romance con la joven. Entonces decidió el Benefactor llevar a Marcia a su bello palacio. Marcia quedo fascinada con aquel lugar abandonado pues todo tipo de plantas habían penetrado por los interiores. El anciano tirano reclutó un séquito para que la sirviesen y se despidieron luego de un inesperado hecho. Rendido por los lances amorosos se quedo dormido, por primera vez en su vida, en brazos de una mujer. El Benefactor supo que corría peligro el poder cuando se es abrazado. Se despidieron para no verse jamás. Al paso de los años, las noticias de que el anciano cacique de la zona había muerto, apenas se oyó en el palacio que poco a poco se había mezclado con la selva.

Muchos años, después, una expedición comprendida por profesionales, buscó el mítico palacio sin suerte, los aldeanos hablan de extrañas apariciones. En su momento Marcia se acostumbro a ellas. Apariciones que remontan de tiempos de la conquista.

De barro estamos hechos

Rolf Carlé, un prestigiado reportero de televisión cuya trayectoria abarca guerras y catástrofes, acudió a cubrir la erupción de un volcán que había provocado un desprendimiento de hielo que al descongelarse cubrió con lodo extensas poblaciones. Ahí conoció a una niña de nombre Azucena que había quedado sepultada por el barro y que estaba atorada pues sus hermanitos se habían aferrado a ella a la hora del desastre. El audaz periodista se vio de pronto identificado con el dolor emocional de Azucena, gradualmente dejó de reportar el terrible desastre que ocurría a su alrededor para prestar atención y ayuda desesperada para desenterrarla. La cara de la niña emergida del barro dio la vuelta al mundo pues todos los medios se concentraron en aquel espectáculo de horror. Tres días pasaron y los esfuerzos de Rolf habían sido inútiles. Azucena seguía atrapada en el fango y Rolf sólo pudo ofrecerle compañía. Mientras pasaban las horas Rolf recuerda su vida y lo que ha pasado en ella, lo extraño y lo reconocible. Su encuentro con Azucena fue decisivo en su vida por el impacto que le causo. Rolf quiso consolarla y fue Azucena quien le dio consuelo a él.

Azucena murió y la narradora admite que desde entonces no volvió a ser el mismo.

3 comentarios:

Victor J. dijo...

En el De Barro Estamos Hechos dice en la ultima oración : La *narradora* admite que no volvería a ser *el mismo*
Entonces es mujer o hombre?
Primera o Tercera Persona?

michael dijo...

Cuando dice "no volverá a ser el mismo" se refiere a el reportero

Bayron dijo...

Alguna conclusión sobre este libro ?