lunes, septiembre 04, 2006

El príncipe

INTRODUCCIÓN

Representar a un pueblo, proveerlos de justicia y tranquilidad, mantener contenta a la aristocracia y una segura independencia frente a otros reinos, son algunos de los deberes de quien se encuentra al frente de un estado. El Príncipe es el tratado más completo –y más influyente- que sobre el poder y su ejercicio se ha escrito. Los líderes más poderosos del mundo lo consultan y todo aquel que de la política hace su vida, se topa con el escrito tarde que temprano. ¿Por qué de su vigencia en estos tiempos en que la política y sus protagonistas no inspiran confianza o respeto alguno? La ética de la política se ha vendido al mejor postor. Los políticos de ahora, no son sin duda como en aquellos tiempo; ahí radica la importancia de resaltar el pensamiento de Maquiavelo.

El Príncipe fue dedicado a Lorenzo el Magnifico quien fuera hijo de Pedro de Médicis, su poderío en la Italia del siglo XVI se encontraba en un esplendor en crisis, las referencias históricas citadas continuamente son muestra de ello. Habremos de reiterar que el término maquiavélico tiene su origen, precisamente en el nombre de tan ilustre italiano, pues la astucia y la inteligencia a usar para llegar y conservar un reino son características que se atribuyen a alguien que consigue lo que quiere a base de profundas reflexiones que preceden a sus actos.

Lastima que los políticos de hoy den menos tiempo a la reflexión y demasiado a la acción.

RESUMEN

Capítulos I, II y III

Sobre los diferentes tipos de principados y el modo de adquirir tan notable rango.

Maquiavelo divide a los principados en dos categorías: hereditarios y nuevos. La primera clase viene de la sangre y de saberse heredero de algún reino; los principados nuevos se obtienen por vía directa de la proclamación o al añadirse un pueblo al Estado. A su vez, el autor hace notar que dichos pueblos están habituados a vivir bajo cierto régimen o libres. El nuevo príncipe pudo haber adquirido aquel nuevo reino con la ayuda de armas ajenas, propias, gracias a la suerte y en el mejor de los casos, a su valor.

Por otra parte, resulta más difícil conservar un estado nuevo que uno que goza de una tradición familiar en el poder. Un príncipe heredero deberá de ser cuidadoso en no traspasar los parámetros que ha bien funcionaron con sus antecesores y actualizar su mandato con su presente.

Con respecto al los principados mixtos o añadidos a un reino de mayor antigüedad, se apunta la facilidad de conservarse sí se habla la misma lengua y rige la misma providencia. En cambio, sí la nueva adquisición contiene algunas diferencias de lenguaje, pero semejantes costumbres, deberá extingirse al anterior linaje y no modificar, en lo posible, sus leyes e impuestos. De ésta manera, el cambio de soberano pasará casi imperceptible para los gobernados.

Pero, si el nuevo estado se diferencia en lengua, costumbres y constitución, las dificultades aumentan. Para mantener el poder, Maquiavelo sugiere que el príncipe vaya a radicar al nuevo terreno y que suprima de inmediato cualquier asomo de rebelión o descontento. Las colonias a su vez, son de mucha ayuda para mantener el orden y la vigilancia del nuevo estado adquirido. A sí mismo, el príncipe debe convertirse en jefe y protector de los reinos vecinos –sobre todo de los menos fuertes- para que a la postre, se debiliten los reinos vecinos y poderosos. Maquiavelo pone a los Romanos como ejemplo: de todas las provincias que se adueñaron, las poblaron primero con colonias, no permitieron que los reinos vecinos aumentaran su fuerza y no dejaron que alguna potencia extranjera se instale en las cercanías; sabiamente previeron que alguien poderoso, haciendo alianzas con los menos fuertes, pudiera en un momento dado convocar una rebelión y destronar al creciente imperio. El que ayuda a otro a hacerse poderoso provoca su propia ruina.

El capitulo IV es una revisión analítica de un suceso concreto que lleva al autor, a reflexionar sobre la clase de “asistentes” que un príncipe debe poseer. Los hay de dos tipos: unos que son elegidos por gracia y concesión: su probada lealtad les permite ser escuchados y aconsejan al príncipe a la hora de gobernar y otros, son los asistentes de tipo barones cuyo privilegio resulta sobre todo, del prestigio militar.

El texto, cabe mencionar, está lleno de referencias a sucesos que en ese tiempo acontecían, o de algunos años a su fecha que ilustran la tesis de Maquiavelo, la visión global de las mismas, nos ofrece una notable revisión histórica de aquella época.

El siguiente capítulo, aconseja sobre la manera de gobernar un territorio de ajenas y recientes costumbres. Maquiavelo propone arruinarlos o mudarse a dichos territorios. Así mismo, recomienda permitir o no la conservación de sus leyes previo estudio de la cantidad de enemigos que el nuevo príncipe pueda tener.

Los capítulos VI, VII y VIII hablan de las tres maneras de adquirir un principado: a) por valor y con armas propias, b) por fortuna y armas no propias y c) los que llegan por obra de sus maldades.

De los primeros, el autor advierte sobre los enemigos que tendrá al introducir las leyes que regirán su estado. Es de suponer, que aquellos beneficiados del antiguo régimen tornan perjudicados al entrar el nuevo. Por ello, la oposición es abierta y en tiempos de crisis defienden poco al sistema. El príncipe, debe mantener su carácter – demostrado de sobra pues las armas y los ejércitos usados le eran propias y tendrá el mérito de conquistar aquel territorio y sumarlo a su reino- Habrá que aclarar que también un estado es nuevo por razones internas de donde surgen caudillos que pretendan cambiar el sistema.

En el caso de aquellos que ascienden al principado gracias a la fortuna y a las armas prestadas, Maquiavelo apunta: los estados que se forman de repente no tienen las raíces que le son necesarias para consolidarse. En otras palabras, no es de buen augurio llegar a un reino en condiciones adversas. Los oportunistas que ven coronadas sus expectativas, carecen de la energía y la visión necesaria para mantener un puesto de tales dimensiones.

Finalmente, los que llegan al principado por el uso de la maldad, podrán alcanzar el dominio más nunca la gloria. Sin embargo, no resta agregar que tales hombres de viles decisiones, mantuvieron una actitud temeraria que los llevó a reunir ejércitos tras ejércitos hasta ascender a un título monárquico y lo anterior también es factible. Maquiavelo aprovecha y escribe sobre el equilibrio que debe haber durante los actos de severidad mal usados es decir, los castigos reales.

Un civil puede llegar a un principado de dos maneras; una sería por el uso de la maldad, arriba explicado, y otra por medio de la aprobación y promoción directa de sus conciudadanos. El Principado Civil es como lo llama Maquiavelo y es tema del capítulo IX. Aquí no se necesita del valor o la fortuna sino de una astuta combinación de ambos. De la misma manera, el príncipe civil debe enfrentarse a las necesidades de los grandes con el pueblo, responsable directo de su triunfo. El panorama no es fácil pues el pueblo sólo quiere no ser oprimido y los aristócratas, terratenientes o burgueses etc., no quieren hacer el trabajo del pueblo.

Sin descuidar en lo posible al pueblo, el príncipe, deberá buscar alianzas con los grandes pues son los únicos que pueden organizar una revuelta con tintes revolucionarios. Ahora bien, si el nuevo príncipe llegó al trono gracias al apoyo de los grandes, deberá de conciliares con el pueblo y buscar el afecto de sus nuevos súbditos a fin de que éstos lleguen a sentir una necesidad grandísima de su principado.

A continuación, Maquiavelo observa la manera como un reino se mide frente a los otros. Un príncipe es autosuficiente cuando tienen suficientes hombres para armar un gran ejercito capaz de intimidar a los vecinos. Cuando no es el caso, queda amurallar el reino y defenderlo. En caso de ataque, habrá de confiar en la gratitud popular hacía su rey. De ahí la importancia previa de ganarse su confianza y respeto.

¿Y cuando el principado llega de manera eclesiástica? En el capítulo XI se lee:

No existe ninguna dificultad pues no se requiere al efecto, ni de valor ni de buena fortuna. Con respecto a las tropas y los soldados mercenarios, Maquiavelo pasa ahora a hablar sobre los ataques y defensas que pudieran ocurrir en algún estado. No se conciben leyes malas basándose en armas buenas. Para que un príncipe pueda defender –y legitimar- su reino, deberá de contar con tropas para defender al mismo. Existen dos tipos; a) mercenarias o auxiliares, cuyos antecedentes de timadoras y cobardes en tiempos de guerra no recomiendan para nada que un príncipe apoye su confianza en tropas de ese tipo. b) Propias. No cabe duda que un ejercito adicto a su líder es garantía de sueño tranquilo. A propósito de los soldados, el capítulo XIII se extiende y se anota: No miro jamás como un triunfo real el que se logra con las armas de otros. Algunos ejemplos históricos e incluso uno tomado del nuevo testamento –el del joven rey David que prefirió enfrentar a Goliath sin las armaduras prestadas pues en el fondo le estorbaban- respaldan lo citado. El uso de tropas mercenarias se debe usar –por supuesto en casos muy especiales y siempre apoyados de un ejército mayor-.

XIV; sobre las obligaciones del príncipe en lo referido al arte de la guerra.

Para empezar, Maquiavelo advierte que para el príncipe no habrá otro objeto ni propósito que dominar el orden y la disciplina de los ejércitos. La razón es sencilla, el dominio del arte de la guerra mantiene en el trono a los que nacieron herederos y ayuda aquellos que carecen de tal rango a llegar al mismo puesto. Por ello, el príncipe debe convivir con su tropa, realizar personalmente las expediciones y mantenerse temible a sus hombres. El príncipe debe leer la historia y estudiar las estrategias y tácticas de los contrincantes y saberse allegar de gente astuta y fiel para saber ganar las batallas.

Un príncipe puede ser alabado o censurado, el quinceavo capítulo aborda el tema de la siguiente manera: Para empezar recomienda no rodearse de gente de dudosa integridad, generalmente, las obras buenas del monarca se ven entorpecidas por incapaces asistentes. Es importante subrayar que un príncipe no debe ser bueno en ciertos casos, a menudo la mano dura es necesaria para infundir respeto al monarca. Las alabanzas y las censuras son un reflejo de su desempeño. Saberse digno e infundirlo al pueblo es tarea de cada día.

Capítulo XVI De la liberalidad y de la avaricia.

Un príncipe debe ser liberal en proporción a la temeridad que pudiera perder. Ahora bien, la liberalidad no se encuentra reñida con la suntuosidad de un gobierno operante. Sin embargo, resulta necesario recordar que el excesivo gasto de la corte, producirá una subida de impuestos que no serán vistos con buenos ojos por los súbditos. A la postre, el odio hacía el príncipe se extenderá por todos los rincones de su reino. La avaricia descubierta de un rey, no lo tomará por sorpresa si el príncipe prevé a sus gobernadores, existe ejército para la defensa, y sobretodo, no se sufre de. La avaricia es uno de los vicios que aseguran el reinado.

En el capítulo XVII es donde se lee que para un rey más vale ser temido que amado. Un príncipe, apunta Maquiavelo, debe aspirar a que se le repute por clemente y no por cruel, sin embargo, el mal uso de la clemencia puede traer consecuencias indeseadas. El mandatario se hará temer sin caer en el horror, esto producirá un respeto por la mano dura pero necesaria, de igual manera, el ejército mantendrá coherencia y fidelidad ante un líder enérgico que sabe lo que quiere.

Además, se punta que para defenderse, el príncipe hace uso de dos recursos: la ley y la fuerza. Uno de orden intelectual y otro proveniente del lado irracional, y como nunca bastará con el primero, se recurre al segundo.

Más adelante, dentro del XVIII –la fe dada de los príncipes- se lee: No hace falta que un príncipe posea todas las virtudes, pero conviene que aparente poseerlas.

También recomienda no apartarse del bien y saber obrar mal cuando no quede otro recurso. De alguna manera, Maquiavelo escribió un completo tratado del poder, siguiendo con el capítulo, recuerda que además de las virtudes, un príncipe necesita también, de una religión.

Acontinuación, Maquiavelo dedica un capítulo a la manera como un príncipe debe evitar ser aborrecido y despreciado. Evitar la rapacidad es básico por ello no resulta recomendable usurpar propiedades de súbditos, o perseguir mujeres ajenas. Las condiciones para que un monarca sea menospreciado son que adopte una actitud variable, ligero, afeminado, pusilánime, e irresoluto.

Sólo a dos cosas debe temer el príncipe: a) la gestación de una rebelión interna y b) el ataque de alguna potencia extranjera. Lo segundo lo evita fomentando fuertes alianzas y fortaleciendo a su ejército. Lo primero lo tiene que prevenir evitando ser un soberano aborrecido por su pueblo. Los conspiradores pensarán dos veces su acometida si se enfrentan a una reacción popular en contra de los perpetradores. Un rey amado siempre será extrañado.

El capítulo XX trata sobre lo útil o vano que resulta la construcción de fortalezas.

Con respecto a la seguridad del estado, Maquiavelo enumera las posibilidades del príncipe. Ningún príncipe que se respete a desarmado a sus súbditos. Al armarlos, arma su población y adquiere nuevos fieles que anteriormente, desconfiaban de él. Desde luego no arma a todos, sino aquellos que sabe obtendrá favores. Aquel que desarma a sus súbditos, no sólo manifiesta su absoluta desconfianza, también, que sospecha de cobardía y poca fidelidad. No así en el caso de un principado nuevo, aquí conviene abiertamente desarmarlos a todos salvo a los abiertos partidarios que tuvo. Está primera garantía, seguida del apoyo popular, garantiza tranquilidad en el sueño del príncipe. La construcción o destrucción de fortalezas, no será un factor decisivo en tiempos de tragedia, de manera que alaba o no tal opción. La mayor fortaleza con que puede contar un príncipe es no ser aborrecido de sus pueblos.

A continuación, Maquiavelo habla sobre la manera de conducirse de un príncipe, con el propósito de adquirir alguna consideración. Las grandes empresas y las acciones raras y maravillosas son la forma más inmediata de ganarse aprecio y respeto. Por el termino “grandes empresas”, se entiende la expansión y enriquecimiento de todo el estado o la invasión exitosa a otros países.

Por otra parte, el príncipe debe honrar a cualquier súbdito que sobresalga en alguna disciplina, estimular a los ciudadanos a ejercer su profesión. También deberá ofrecer fiestas y espectáculos al pueblo.

El capítulo XXII trata sobre los ministros o secretarios de los príncipes.

Es sin duda relevante la elección de las personas que ayudan a gobernar al príncipe, la prudencia con que se valoren los dotes de cada persona es la clave para una buena elección. La fidelidad y eficacia de los secretarios y ministros, luego de un tiempo razonable, hablarán bien del príncipe.

Por otro lado, el príncipe debe procurar enriquecer y mantener contentos a los mismos ministros para asegurarse de una plena adicción real y evitar que se incube el deseo de que se cambie de soberano.

En el número XXIII –sobre la manera correcta de huir de los aduladores- se anota que un príncipe no se ofende por oír la verdad, más dicho privilegio se concede a muy pocos elegidos. Desde luego que dicha verdad sólo debe ser escuchada en caso de pregunta directa y nunca por iniciativa del consejero. El príncipe juicioso preguntará sobre todos los aspectos de su reino sin temer a nada pues enterándose de un problema es el primer paso para solucionarlo.

De más esta añadir que la conjunción de gente valiosa –sabios, guerrero, ministros etc.- mostrará lo astuto del príncipe quien pasará ante el pueblo por sabio y justo. Con respecto a los aduladores, siempre estarán los reinos llenos de ellos. Evitarlos, con gracia y no escuchar sus exagerados halagos.

El siguiente capítulo refiere a una situación local y contemporánea –de Maquiavelo por supuesto- en la que explica la razón por la cual varios príncipes de Italia habían perdido sus reinos: una pobre preparación militar. Así mismo, aquellos que perdieron sus reinos por haber huido del invasor sin defenderse, les aconseja no acusar a la fortuna de la perdida de sus bienes sino a su propia cobardía.

El penúltimo capítulo habla sobre la fortuna cuando es adversa. Maquiavelo confiesa que él mismo llegó a creer que cuando la situación es completamente adversa y no tiene que ver con los aciertos o errores del príncipe nada queda por hacer más que dejarse llevar por la corriente de la suerte. Maquiavelo no niega el término providencia, de hecho considera que la fortuna es árbitro de la mitad de nuestras acciones. Y precisamente en esa otra mitad es cuando algo se podría mejorar para que no vuelva a suceder. Si las lluvias desbordan un río en medio de una crítica situación, habría que construir algo para que –en caso de otra lluvia de similares magnitudes-, evitar consecuencias parecidas al punto de partida.

Habrá príncipes que dejarán todo a la fortuna que hasta su momento los habrá beneficiado. Más nada puede sostenerse así, del mismo modo que no se puede apoyarlo todo ignorando factores ajenos a uno.

No hay hombre alguno, por muy dotado de prudencia que éste, que sepa concordar bien sus procederes con las circunstancias y con los tiempos.

Cuando las circunstancias varían, de igual modo se tiene que variar la habitual forma de reaccionar.

El XXVI y último capítulo, esta dedicado a la situación de Italia. Los ejemplos históricos abundan pero resulta interesante la frase Dios no quiere hacerlo todo refiriéndose al libre albedrío que después de todo, poseemos.

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